DEL MITO AL RITO DE EL SEÑOR DEL ENCINO

DEL MITO AL RITO DE EL SEÑOR DEL ENCINO                                                   $150

El libro parte, como debe ser, del principio: la necesidad, la ambición o la vocación, que de todo hay en la viña del señor, de nuestros abuelos conquistadores que se enfrentaban con nuestros otros abuelos, los que defendían su tierra, su gente y sus dioses: los aguerridos chichimecas: que no eran nómadas: eran libres, sin ataduras, sin anclas…Los enfrentamientos inevitables condujeron a la necesidad de establecer guarniciones, presidios, especialmente en las rutas más transitadas que eran los caminos de la Plata, aquellos que tenían como punto de partida o de llegada, todo depende, los reales mineros fundamentalmente de Guanajuato y Zacatecas. Por la necesidad se edifica el mítico presidio de Bocas de Ortega, que habría de ser el lugar en donde se aparece, o se talla, o se empieza a venerar, o simplemente surge el Cristo Negro del Encino. No se sabe con certeza el enclave del presidio de Bocas, hay por lo menos tres lugares que se disputan el serlo: las Negritas en el estado de Aguascalientes, Montesa y Letras en el de Zacatecas, aunque la distancia de uno a otro no llega a diez kilómetros. Aurelio de los Reyes el autor de “Los caminos de la plata” se inclina por Letras, por encontrarse justamente en las bocas de tres cañadas y en donde las ruinas que se conservan en lo alto de un montículo constituyen un magnífico punto de observación que permite dominar el camino que viene del sur y seguir su camino ascendente hasta la meseta chichimeca con rumbo a Pinos pasando por San Nicolás de Quijas.

Bocas fue además de un presidio, o quizás por ello, ocasión para un asentamiento de población perteneciente a la gran hacienda de Ciénega de Mata de la familia Rincón Gallardo, Bocas no llegó a ser hacienda, si acaso una estancia, pero más probablemente sólo un sitio de paso, pero tenía habitantes estables y por lo mismo una capilla con servicios regulares de culto. Su población tenía un componente alto de negros y mulatos, descendientes de los que habían sido traídos para trabajar en la minas, he aquí la explicación del color del Cristo.

Chávez Aranda desvela el mito del Cristo Negro y en su investigación urgando en las fuentes originales encuentra y da razón de otras afirmaciones gratuitas, tales como la de considerar la capilla del barrio de Triana de Aguascalientes como lugar de culto al Argángel San Miguel. Es cierto que el jefe de las huestes celestiales habría de ser patrono de la diócesis, y que hubo lugares para su culto, pero sólo un error de transcripción seguido por historiadores menos escrupulosos explica la idea sostenida por largo tiempo de su veneración en Triana. Por cierto, el nombre del barrio nos remite a Sevilla y de paso a la Roma Imperial, el emperador Trajano originario de lo que habría de ser Andalucía dio su nombre a la Trajana y de allí a su apócope: Triana.

Chávez Aranda, el historiador, logra con sus acuciosas y amenas descripciones, a la manera del maravilloso espectáculo checo “La Linterna Mágica” que el lector se sienta inmerso en el ambiente descrito, que los personajes se le presenten de carne y hueso, que parezcan desprenderse de las páginas para sentarse a dialogar con el lector e invitarlo para que se introduzca por el espejo mágico de Alicia, que es el libro abierto, al mundo que el autor nos recrea. Olemos el olor de la cera en la capilla, sentimos el peso solemne de la parafernalia en la sacristía, presenciamos los exámenes en el seminario de San Luis Gonzaga, padecemos las angustias de los señores curas para cubrir las necesidades del culto y de la feligresía, conocemos y tratamos a los protagonistas de esta aventura que nos conduce por las entrevisiones de esta microhistoria, desde un incansable presbítero Dn. Justo Ramírez hasta un ilustre canónigo Dn. Matheo Joseph de Arteaga y Rincón Gallardo.

Chávez Aranda en un examen de conciencia avivado por los comentarios de Juan López, que fuera Cronista de Guadalajara, perspicaz, lúcido, sólido y enamorado de las costumbres y tradiciones que abrevó desde su ladera en Mexticacán, se inquieta ante la posibilidad cierta de socavar los cimientos de mitos ancestrales, pero se sobrepone la formación profesional. ¡Enhorabuena!. A fin de cuentas cuando los mitos son verdaderos, quiero decir, no que sean verdades sino que sean auténticos mitos, enraizados quizás en el imaginario colectivo, persisten, no obstante la epifanía de los hechos. Pensemos en el mito del Descubrimiento, a pesar de que se ha demostrado hasta la saciedad la presencia de descubridores nórdicos, de migraciones asiáticas y polinesias, el mito persiste.

Adentrarse en las páginas de este libro es cumplir una cita obligada con el pasado, manera cierta de prefigurar el porvenir. Si como dice Borges, lo que le sucede a un hombre le sucede a todos, conocer como se gestó un culto, una tradición y un mito, nos da los elementos para la comprensión de algunas de las expresiones más humanas: las creencias. En fin, como hubiera dicho Juan López: “¡Adentro, que no está jondo!”.

Lic. y Notario Jesús Eduardo Martín Jáuregui.

 

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